sábado, 19 de marzo de 2016

COMENZAR DE CERO





Termino de ordenar el cuarto de trabajo y echo un último vistazo: impecable. Casi vacío. Bien, suspiro. Últimamente sólo me relaja tirarlo todo. Me produce un placer extraño bajar a los contenedores, avisar al Ayuntamiento de las enormidades que dejaré mañana en mi puerta. Porque no quiero que nadie se lo lleve. Quiero que lo triture todo el camión y punto. De nuevo a comenzar de cero. 

Al volver a la realidad descubro que me había preparado otro café con leche. Está ya frío, pero doy un sorbo y enciendo el ordenador. A ver si hoy escribo a la primera. Tengo que acabar el último capítulo antes del sábado. Llevo así, en el dique seco, un montón de tiempo.

Ya no me permito soñar. Que me toca la lotería, que se enamora de mí un hombre generoso, que llego a final de mes. Incluso soñar que el día de cobro me levanto, voy al banco, saco todo el dinero, y cojo un billete de avión. Como en las películas, el que primero salga, el que vaya más lejos. Sin retorno.

Y aún me quedan dos artículos más para esta semana. Con los que pagaré el alquiler. Pero es que no quiero escribir sobre la situación política. Yo, al menos, no. Tampoco quiero escribir de tristezas, que es lo único que me sale. No me veo capaz de describir optimismo, serenidad. Esas cosas que me gustaban tanto. La verdad, sería mucho más fácil que me dedicara a “mis labores”.

El caso es que al final siempre sale algo. Me va escribir bajo presión y todo eso. Pero puede que un día no suceda. Si consiguiera disciplina, organización. Si consiguiera escribir todos los días. Tener material en el cajón para casos desesperados como el de hoy. Lo llevo pensando milenios, me visualizo en una vida plácida: escribo todas las mañanas, después de haber ido al gimnasio una hora. Guiso dos veces por semana. Compro lo perecedero en el mercadillo de abajo. Llamo a los amigos con la frecuencia debida. Limpio todos los días. No me salto la dieta... ¿sería yo, esa?

Ahora llaman a la puerta. El caso es ponerme obstáculos, y además el maldito ordenador está empezando a calentarse. Abro y no hay nadie. Hubiera jurado... Una leve corriente de aire atraviesa el descansillo. La puerta de enfrente parece vibrar. Los vecinos se habían despedido hasta septiembre, ¿verdad? Desasosegada, veo un papel que sobresale bajo mi felpudo. Algo me dice no lo cojas, déjalo. Pero me inclino y lo recojo. Hoy estoy dispuesta a todo, por lo visto. Agarrada al pomo de la puerta empiezo a leerlo.

Es mi esquela. Sí, sí, la mía. Todos mis datos son correctos. Y los de mi familia. Cierro de golpe la puerta y me dejo caer en el suelo apoyada en ella.

Mi esquela. Yo, mi esquela. Menos mal que quien sea se ha portado y no ha puesto nada religioso.


Atónita, veo mis pies calzados con sandalias de tacón. Y las uñas pintadas de rojo, ¿no me puse ayer brillo transparente? Me descalzo, me incorporo y corro al espejo de mi habitación. Una increíble yo con melena de vaporosas mechas rubias me mira con atención. Ostitú, como dice el Director. Sí, el artículo. Me vuelvo hacia el portátil. Está apagado y la mesa, muy ordenada y casi vacía. Lo enciendo pero no encuentro mis artículos, ni los relatos, ni mi novela. Solo veo recetas, cotilleos y páginas de hogar. Desolada, miro a mi alrededor: en la estantería, dos novelas de Rosamunde Pilcher y un espantoso jarrón con flores de tela. Tampoco están mis posters de exposiciones, mis láminas. Extrañas fotos de mis hijos, trajeados y repeinados, coexisten con anodinas acuarelas campestres.



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