sábado, 19 de marzo de 2016

BUENA VECINDAD




Aquella tarde nos acercamos a casa de Benson a devolverle la revista. Mi padre era muy estricto, siempre devolvía las cosas puntual y en persona. Como aquella revista se la habían prestado para mí (es de mecánica, a Peter le servirá), tuve que acompañarle para dar las gracias. No me importó. De todos nuestros vecinos, el señor Benson era el que mejor me caía. No se metía para nada en lo que hacíamos su hijo Dany y yo en su granero. Qué íbamos a hacer, charlar y jugar a las canicas. Pero mi padre hubiera estado dando vueltas a nuestro alrededor cada cinco minutos. La señora Benson tenía una mirada demasiado triste. Intenté que se hiciera amiga de mi madre, y por mamá no había problema, pero la señora B se hacía la escurridiza. Era como una sombra, que casi nunca estaba. No te empeñes, Peter, me decía mi madre, ella sabe que yo estoy aquí.

Y luego Laura, la hermana de Dany. Esa sí que era estupenda. Iba a cumplir diecisiete años, pero no nos despreciaba a Dany y a mí como todos los de su edad. Nos dejaba libros de Zane Grey, nos recomendaba películas que estrenaban en el cine del pueblo. A veces se quedaba con nosotros en el granero a contar chistes; sabía muchísimos para ser una chica.

Lo malo es que esta camaradería desapareció tras las vacaciones de aquél verano. A mi regreso del pueblo de los abuelos, encontré a Dany altísimo y a Laura, diferente. Los chicos del pueblo empezaron a mosconear a su alrededor. Ella se ponía colorada y Dany de un genio de mil demonios. Total, que lo pagaba yo. Pero ya estaba acostumbrado, con mis hermanos mayores y eso. Hablando de mis hermanos, el que más perseguía a Laura era Jacob, el segundo. El rubio simpático, ojito derecho de mi padre porque se las arreglaba para darle la razón en todo sin que pareciese coba.

Durante el curso me acostumbré a charlar con el señor B. Cuando volvía de la escuela por la tarde me lo encontraba sentado bajo el roble grande con su pipa. Me saludaba y, claro, yo me paraba un rato. Dany casi nunca venía a esa hora porque tenía recuperaciones, sus notas habían bajado mucho. Mejor, porque no le gustaba que yo hablara con su padre. Hasta tuve que jurar que no decíamos nada de él. Era verdad, yo no hubiera hecho eso por nada del mundo. El señor B y yo hablábamos de cosas que no se pueden tocar: el cielo, las amanecidas, cómo era el país antes, lo que enseñaban entonces en la escuela. Estaba bien hablar con él. En una ocasión se empeñó en que yo sería un excelente mecánico porque le conté que me había arreglado yo solo la bicicleta vieja de mis hermanos. Mi padre, por ejemplo, lo consideró normal, lo que yo tenía que hacer, y ni miró la bici.

Pero el señor B, a partir de entonces, se dedicó a darme lecciones de mecánica. En su juventud había tenido un taller en la ciudad, hasta que, cuando murió su padre, tuvo que volver al pueblo para hacerse cargo de la granja y los campos. Pienso que se suscribió a Mecánica Popular sólo para poder prestármela todos los meses, con sus anotaciones al margen. Mi padre no decía nada, le debía importar un bledo lo que yo fuese a ser en el futuro. Él ya estaba tranquilo porque sus dos hijos mayores querían quedarse en el campo. Pero mi madre, por las noches, después de cenar, me buscaba: ¿Tú no ibas a ser escritor ? ¿a qué viene ahora la mecánica? Yo procuraba nadar tranquilo entre todas aquellas aguas.

Un día mi madre se presentó a la salida de la escuela. Tenía una mirada parecida a la de la señora B. Me cogió del brazo: ¿tú sabes algo de Jacob? Yo ya no me fijaba en mis hermanos, apenas los miraba. Ni ellos a mí.

Muy seria, me contó que Jacob no había ido al campo, ni había aparecido por casa en todo el día, y que padre estaba fuera de sí. No sé por qué, dije: Madre, y Laura ¿está en su casa?. Echó a andar a toda prisa hacia la casa de nuestros vecinos, conmigo detrás hecho un mar de dudas. Al llegar al roble grande, el señor B, acuclillado como siempre en su observatorio favorito, se incorporó despacio. Observaba a mi madre con otra mirada extraña; qué les pasaría a todos en los ojos. Ella le soltó a bocajarro, como un graznido ¿dónde están? Él hizo ademán de ponerle una mano en el hombro, pero la retiró. Mi madre se deslizó hasta el suelo apoyada en el roble. Olvidados los dos de mí, el señor B se sentó junto a ella, con los hombros rozándose y la mirada perdida en el horizonte. En ese momento ambos se parecían .


Jacob y Laura ya tienen tres niños. Mi amigo Dany, sin acabar el instituto, optó por la marina y hace siglos que no sé nada de él. La señora B murió el invierno pasado tan silenciosa como había vivido. Años antes, una desgraciada mañana, mi padre, cada vez más intratable, se accidentó con el tractor. Quedó inválido, con un genio terrible, y al final, en un gran enfado, se lo llevó un ataque al corazón .

Jacob ha colocado bajo el roble grande un viejo banco de madera, pintado de verde. Mi madre y el señor B se sientan allí todos los atardeceres del buen tiempo. Ambos con los ojos clavados en el mismo punto lejano. A veces con los nietos alrededor.

Yo no soy mecánico.
Aquellos aprendizajes con Mecánica Popular me posibilitaron pequeños trabajos que pagaron mis estudios de literatura. Y, mientras doy clases en la escuela del pueblo, estoy intentando con todas mis fuerzas ser escritor.



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