sábado, 19 de marzo de 2016

ANILLO DE BRILLANTES




Ana eligió el trabajo de la residencia de chicas porque ofrecía alojamiento. Tras la gran bronca había escapado de casa de sus padres, con lo puesto, dinero para llegar a Madrid y poco más. No podía alquilar un piso.

No quería volver y menos aún deberles nada. En el último momento le ofrecieron dinero, cartas, amigos, pero no quiso nada. Le sangraba por dentro lo injusta que había sido su madre con ella

Ya en el tren, al rebuscar en el bolsillo alguna moneda para café, su mano palpó un pequeño envoltorio. Era el anillo de brillantes, con una nota materna típica: “siempre estaré aquí”. Su primera reacción fue devolverlo de inmediato. Pero desechó la idea. Si su madre le daba su más preciado tesoro, lo aceptaría. Sobre todo después de lo sucedido. “Igual me da suerte” pensó tontamente.

Y sin más se lo metió dentro del sujetador. Al llegar a Chamartín compró un periódico para mirar los anuncios de trabajo. El anillo se le clavaba en el pecho izquierdo, como si fuera la voz de su conciencia. Recortó el anuncio de la residencia y se encaminó al autobús.

La habían admitido casi en el acto. El trabajo era duro, pero lo peor eran las residentes. La trataban como si fuera su criada. Y el horror de cuando se permitían confianzas:

—A ver, Ana… pero ¡qué peinado más chulo! ¿Es que vas a salir hoy?...Eva, mira que pelo…

—Si, es que le dije que se fijara en el monaguillo, tan guapo.

—Pero qué dices mujer, si ese estudia Derecho…

Sonrisas irónicas y condescendientes

—Bueno, pues que se fije en el repartidor del supermercado.

Y las sonrisas se convertían en carcajadas.

Un día Ana no se pudo reprimir:

—Yo estudio Económicas. Me quedan cuatro asignaturas.

Silencio, miradas incrédulas

—¿Económicas? Pero…

—Entonces ¿qué haces aquí?—la rubia de colmillo retorcido—.Será verdad, ¿no, guapa? Mira que se puede comprobar.

Ana llenó la bandeja de platos vacíos en silencio. Sorteando las mesas con la bandeja en alto sentía clavadas en su espalda las miradas de las tres pijas.

Pocos días después apareció en su buhardilla doña Presen, la directora.

—Ana ¿Qué es eso de que vas diciendo que tienes carrera?

—Nada señora, una tontería, no tiene importancia.

—Pues basta de historias, o te atienes a las consecuencias. Vosotras no
tenéis nada de que hablar con las residentes.

Esa noche tardó en dormirse. Pero se levantó con una energía nueva: “Es sábado, tengo fiesta, buscaré otro trabajo y lo encontraré”. Al vestirse, dudó al introducir el anillo en el sujetador. “Mejor que no. ¿Y si me pasa algo y me tienen que llevar a un hospital, como decía mi madre?…”. Volvió a dejar el anillo bajo el colchón. Ahí lo creía seguro. “A mi cuarto no entra nadie”.

A las cinco estaba en la puerta de la residencia, guapa y planchada.

—Ana, donde vas tan deprisa

—Ha quedado con el monaguillo ¿O con el repartidor del supermercado? Ja, ja

Respiró hondo, abrió la puerta y salió sin decir nada.

—Adiós, hija, vaya ínfulas…ah, y ¡suerte! Ya contarás…


La tarde de invierno se deslizaba sobre Madrid, quieta y soleada. Ana respiró hondo. “¿Como era aquello? Hoy es el primer día del resto de mi vida”.

Y lo fue, aunque ella ignoraba hasta qué punto. Volvió a la residencia en el último minuto, sofocada. Había encontrado un posible trabajo. En una fábrica de galletas, con turnos rotatorios. La encargada le había dicho que a lo mejor cabría en el piso de otras dos chicas. Tenía que decidirse en veinticuatro horas. Subió de dos en dos las escaleras de la buhardilla. “El anillo me ayudará, es mi talismán de la suerte”

Al meter la mano bajo el colchón, todo se detuvo y se hizo oscuro. Deshizo la cama con violencia, levantó el colchón, revolvió la pequeña habitación en un segundo. Nada. Entró en el comedor como una autómata. Ni reparó en la mesa de las pijas. Al acercarse con la sopera temblorosa, tres caras la miraban expectantes:

—Pero bueno, Ana, qué tal, como ha ido la tarde…

—Oye, ¿qué te pasa? ¡Cuida, idiota, que me pones perdida! ¡La sopa!

Al bajar la mirada hacia el cazo, se tropezó con la mano de la rubia de colmillo retorcido. En su dedo resplandecía el anillo de su madre.

La sopera saltó por los aires. Ana, demudada y en silencio, agarraba por el cuello a la rubia mientras con la otra mano le intentaba arrancar el anillo. Asombro, estupor, gritos. La rubia se defendió como pudo, pero Ana tenía la fuerza de un titán. Enredadas perdieron el equilibro y la rubia se golpeó en la cabeza con la mesa de mármol. Cayó como un fardo, inmóvil, desmadejada. Sobre ella, Ana, pálida, despeinada y temblorosa forcejeaba con un dedo sin vida.


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19/03/16

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