lunes, 10 de agosto de 2015

ISLA DESIERTA


Marta tumbada en una hamaca de cubierta, con los ojos apretados, el ala de la pamela sobre el ojo morado y pensamientos a mil por hora:

Pero qué pesado es: “ale, guapina, a dormir un rato, que te vas a socarrar”; nunca renuncia a su sagrada siesta. No puedo negarme, porque entonces me retuerce un brazo. Hoy lo he seguido, para congraciarme, pero tampoco ha salido bien".

Suspira y se vuelve de espaldas en la hamaca. Y aquí estoy; el mar, el cielo, la Voz y yo.

Por los altavoces anuncian una parada técnica. Marta se incorpora, se anuda el pareo y se calza las sandalias. Se acerca a la barandilla: parece una isla pequeña.

Esta es la ocasión, guapina, susurra la Voz de esa manera atronadora que sabe hacerlo

Dominada por la Voz y sin tratar de comprender, se acerca a la escalerilla y baja del barco. Echa a correr desalada por ese lugar desconocido. Toc-toc-toc, su corazón protesta, pero ni caso:

Tengo que huir. Huir de Alberto, ¿quién se lo hubiera imaginado?... No vuelvas la cabeza, no mires atrás.

Sigue corriendo. Atisba un bosque, al menos muchos árboles, y casi exhausta se interna entre ellos. Es una subida dura, como si fuera un monte. Suelo cubierto de ramas, hojas y piedras. Las dichosas sandalias resbalan, tropieza y se cae. Pero sin graves consecuencias. Se queda sentada hasta que duela menos. Allí abajo, entre ramas, localiza el barco, que está zarpando lentamente.

Bien. Lo he conseguido. Si descanso y me tranquilizo, encontraré algún pueblo o lo que sea con teléfono.

El sol comienza a declinar. Marta continúa caminando con los pies hechos polvo. Nada. Ni rastro de civilización, pueblo, aldea, teléfono... Y ella con bañador, pareo, gafas de sol y sandalias.

Además, presiento bichos y oscuridad profunda. Tiembla con violentos escalofríos. Pero la Voz insiste: no podías permanecer allí ni un minuto más y lo sabes. Ella intenta rebelarse:

¿Ni un minuto más? Veamos, tampoco he intentado otras posibilidades: hablar con el capitán, denunciar a Alberto, solicitar otro camarote, abandonar el barco en la siguiente escala “normal”...

Ya casi es de noche. Escruta a su alrededor: árboles enormes, tierra y las primeras estrellas. Se plantea bajar de nuevo a la playa, intentar dormir en un hueco de la arena. Mañana rodeará la isla, porque tiene claro que es una pequeña isla.

La arena ya está fría, pero es lo que hay, como diría Alberto. Consigue hacer un hueco grande: Como el de una tumba, susurra la Voz, pero Marta grita y la Voz enmudece. Se cubre hasta la cintura con más arena, todas las estrellas del mundo sobre su cabeza, el pareo doblado como almohada. Está helada. Pero mañana todo se arreglará.

Y al cerrar los ojos, lo ve todo. Su sigilosa visita al camarote, los atronadores ronquidos de Alberto, el enojo de la Voz. El cuchillo escondido entre los pliegues del pareo. La oscura sangre de Alberto esparciéndose por la cama. El silencio. El terror. Su cabeza en blanco.

Yo soy la isla desierta.








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