lunes, 10 de agosto de 2015

LA INMENSIDAD Y EL VALS


Llegáis por fin a Túnez. Casi te matan los 50º al bajar del autobús, y haces ademán de volver a subir a la refrigeración. ¿Podrás soportarlo? A punto de arrepentirte por haber aceptado su regalo: un viaje a Túnez, con todos los gastos pagados. ¿Por qué derrochará siempre tanta generosidad contigo?

Ha reservado dos habitaciones, y no una. Al principio no lo entendiste. Pero te encantó su tono de cariñoso respeto: “Es tu primera experiencia en África y la tienes que vivir sola, sin interferencias, ni siquiera por mi parte”. Y como siempre, te dejaste llevar.

El hotel es enorme, europeo, las habitaciones bien, pero retiras la cubierta de colores y las sábanas están arrugadas. Bajo la cama hay un gran cenicero lleno de colillas. Lo cojes, lo vacías, lo lavas bien y lo metes en la maleta. Será un curioso recuerdo de este viaje, con él, que no fuma. Menos mal que la ducha funciona.

Al atardecer comienzan a llegar tunecinos más o menos acaudalados (o eso parecen), con bolsas, incluso sacos, repletos de botellas, y se van encerrando en habitaciones. A veces, alguna mujer sigilosa con velo. Y transcurre la noche entre gritos y risotadas.

La segunda noche, al acostarte, conectas la refrigeración, te colocas el antifaz y los cascos, y ya no oyes nada. Piensas en mañana, en la excursión al desierto, el plato fuerte del viaje. Te atrae el desierto, la inmensidad, el silencio. El mar, el horizonte. Ansías los espacios abiertos. Pasaréis dos días en un hotel de piedra que está en un oasis. Sólo conoces los oasis por los tebeos de tu infancia, ¿cabrá un hotel entre las dos o tres palmeras y el charquito? Al fin te duermes.

Por la mañana, te espera con un pañuelo enorme en la mano. Pashmina, crees que se llaman. Te la coloca sobre los hombros: Llévala, no te has traído nada para la cabeza. El sol del desierto... además, aquí nunca se sabe. A él le encanta mimetizarse con los países que visita. En Túnez, desde el primer momento, viste turbánte, camisas largas y bombachos. De la India te mandó fotos en las que parecía Krisnahmurti. Te encantaría que viajase a Groenlandia, para ver las fotos.

Frente al hotel os esperan varios hombres gritones, de amplios turbantes, que a toda prisa os distribuyen en los jeeps. No conocéis a nadie de los compañeros de viaje, y con discreción os deslizáis en el mismo jeep.

El calor abrasador es inamovible y el jeep salta por los caminos. No hay cinturones de seguridad y os agarráis a las barras de hierro de puertas y techo. El viaje hacia el desierto se hace interminable, todos los jeeps en hilera levantando nubes de polvo. Cuando alguno se retrasa o se pierde, hay que parar hasta que os encuentra. Pero no os dejan salir del coche, sobre todo a tí, a las mujeres. Además os vigilan el agua: “importante, no gastar”.

Por fin llegais. La inmensidad amarillenta ondulea. Allí donde tu esperabas el horizonte, una brillante luz rosada se mueve. Y entre ella se difuminan el inmenso cielo y la arena interminable.

Los guías señalan una cabaña junto a la que cabecean varios camellos sentados y aburridos. Para continuar el viaje por las dunas hasta el oasis, podeis elegir entre camello, jeep y una especie de carricoche llevado por burros. Él elige de inmediato el carricoche, que le parece muy pintoresco. Pero tú quieres subir al camello y dominar desde ahí arriba todo el paisaje. ¿Son camellos o dromedarios? le preguntas, para probar tontamente tu sabiduría. Pero no oyes su respuesta. El guía del turbante rojo, entusiasmado de que tú elijas camello, te agarra de súbito por la cintura y te arrastra hacia uno adornado como su turbante, pero en verde. Trata de decirte que coloques un pie en un estribo y pases la otra pierna por encima del lomo del camello. Ese bicho inmenso al que no le has gustado nada y se ha puesto de pie de un salto. Dios, es enorme. Y huele raro. Te invade el vértigo, y a pesar de lo fuerte que te sujeta “turbante rojo”, te echas hacia atrás, imagino que con cara de pánico y entre risas ajenas.

Por fin iniciais la travesía del desierto tú y él en el carricoche, curiosa imagen novecentista atravesando la nada. Os gritan que os cubráis la cara, porque el carruaje es abierto y os entrará arena. Algo autosuficiente, comentas que es poco probable que se levante arena, dada la marcha cansina de los grisáceos burros. Desde el asiento delantero el conductor vuelve hacia tí una cara displicente: tú no conoces desierto, arena siempre está moviéndose. Y que no te pille tormenta. Viva la alegría. Pero ni él ni cualquier otro turbante va a estropearte esta esperada travesía, aunque sea en carricoche.

Por fortuna él va silencioso, con lo difícil que es eso. Fiel a su idea de que tú disfrutes por tí misma de la experiencia. Y se lo agradeces, quieres sumergirte en esta luz, en este silencio. Tú ya no eres tú. Te tocas, pero no te identificas. Toda tu realidad hasta este instante se ha volatilizado. Nada tiene ya la menor importancia y desapareces entre la luz y el horizonte que bailan un vals. Eres ellos.

Su voz y su mano te vuelven a la realidad: Mira, ¡mira!, mientras señala un lejano punto grisáceo que avanza lentamente hacia vosotros, apareciendo y desapareciendo entre las dunas. ¿Qué será eso, en medio de la nada? Nadie lo creerá: es un japonés, que se acerca haciendo reverencias. Agarrado a su cámara enorme, y “vestido para la ocasión”: salacot, pañuelo blanco al cuello, cantimplora enorme en el cinturón, botas asimismo de cuero... Olvidando su promesa, él grita al conductor que pare, y baja del carricoche para abordar de inmediato al japonés con un alegre torrente de palabras, entremezcladas de inglés, francés, incluso español.

¿De veras quieres que él te comprenda y hable contigo? ¿De veras tenemos que quedarnos largo rato (como siempre), esta vez en medio del desierto, mientras tú consigues hacerte entender? ¿Y que el educado japonés bajito se anime a entablar conversación? O, la otra posibilidad, que eche a correr como un pato entre las dunas.

El encanto se ha roto. Tratas de sumergirte de nuevo en la inmensidad. No lo consigues. Algo frustrada, improvisas conatos de conversación con el conductor, pero desde lo de antes sobre la arena, ni te mira. Inmutable.

¿Qué haces aquí? Si en el fondo no querías venir... y ahora no puedes escapar de ninguna manera.

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