martes, 22 de abril de 2014

MI PADRE, CLARO, MI PADRE




Hoy no puedo entretenerme con las amigas a la salida del cole. Mamá se va de viaje porque la tía Marga está enferma, y yo tengo que quedarme en casa de María, nuestra vecina preferida. Ya estarán las dos esperándome, con lo nerviosa que se pone mamá. Saldré la primera y echaré a correr, porque si me pilla Encarnita con sus historias seguro que se me hace tarde.

La verdad es que mamá podría llevarme con ella. Total, es un finde y no perdería clases. Pero por lo visto lo de tía Marga es contagioso; el tío y los primos han tenido que irse de casa para que la esterilicen o algo así. Entonces, ¿por qué tiene que ir mamá al hospital con su hermana? ¿Es que ella no se puede contagiar, o qué? Mamá es muy pesada, pero yo solo la tengo a ella. Si le pasa algo, ¿con quién voy a estar? Si no se hubiera muerto la abuela...

Mi padre, claro, mi padre. El otro día oí comentar que quiere verme. Creo que vive no muy lejos de aquí. De pronto, pienso en ponerme a buscarlo. Yo sola. Mamá no puede enterarse, el tema de mi padre es tabú. Y no quiero que llore, que últimamente llora menos. Nunca se sabe lo que puede pasar, lo dice cien veces María, y hasta ahora no me había dado cuenta en serio.

Bueno, he conseguido largarme sin que Encarnita me viera. Menos mal que no hay mucha gente por la calle, porque corro como una loca, sujetando mi bolsillo derecho para que no se me caiga nada. Sobre todo, el dinero de la merienda que guardo hace días, sin saber muy bien para qué.

Mierda, ahora se pone a llover. La abuela decía que así es la primavera. Vaya chaparrón fuerte. Aunque igual dura poco; me pararé un momento bajo esa marquesina. ¿Se habrá acordado mamá de hablar con la vecina? Ayer tarde, cuando llamaron por lo de mi tía, se puso tan nerviosa. Ha debido de estar hasta muy tarde en internet buscando los billetes. Esta mañana recorría a zancadas su habitación, la maleta abierta sobre la cama. Suspiraba fuerte, de ese modo/lamento que odio. Para que no se agobiara más, me he ofrecido para hablar yo con María antes de ir al colegio. Entonces mamá ha puesto esos ojos y esa voz: ¡Yo aún sirvo de algo en esta casa! Y he salido pitando.

Ahora aquí estoy, en la parada del autobús, apretujada entre un grupo de gente. La cortina de agua gris oculta las casas de la otra acera. Porfa, que despeje pronto. Como si me hubiera oído, un señor de bigote a mi lado dice en voz alta: Estos aguaceros primaverales son intensos, pero cortos. Le pregunto ¿qué hora es, por favor? (mamá aún no ha llevado mi reloj a arreglar, desde navidades). Las siete menos cuarto, guapa. ¡Ostras! ¿como ha podido pasar tanto rato? Mi madre coge el tren de las siete y media. Voy a tener que lanzarme bajo la lluvia. Llegaré calada, pillaré un catarro, y puede que ya se haya ido mamá. Hecha un basilisco, seguro. Bueno, al menos estará María, que es más parecida a mi abuela y me hará chocolate caliente para cenar. Venga, andando. El grupo de la marquesina se alarma al verme salir: ¿Eh, dónde vas? ¡Chica, vuelve! Parará enseguida, está aclarando por la derecha...

Corro más deprisa que antes. Y claro, resbalo y zas, al suelo. Sangre en la rodilla, que se aclara con el agua que cae. Casi mejor que ya no esté mi madre porque, si ve el uniforme del cole con tanto barro... Pero María lo dejará lavado y planchado para cuando vuelva mamá, y en paz. La lluvia me resbala por la cara. Mis pestañas están llenas de gotas y no veo bien. Ademas, ahora cojeo.

Por fin llego a casa tiritando. Toco el timbre varias veces. Aporreo la puerta. Grito ¡Mama! ¡María! ¡ya estoy aquí! Nadie abre. Parece todo cerrado, como cuando íbamos al pueblo de los abuelos. Pues sí, ha sucedido: mi madre no ha quedado con María, porque estarían aquí, esperándome. Una, otra, o las dos. Ya sé: mi madre habrá imaginado que lo hacía, se habrá autoconvencido, como otras veces. Y se ha marchado a Madrid tan fresca. Y con mi móvil, que no entiendo por qué narices no se compra ella uno y siempre le tengo que dejar el mío. Además, esa maldita manía de no darme llaves de casa. Que soy yo la que va y viene, la que hace casi todos los recados, hombre. Que ya tengo trece años. ¿Y ahora, qué? Bueno, no quiero ponerme histérica yo también. Simplemente, cruzaré la calle hacia casa de María, le contaré todo y me quedaré con ella.

Nada. La casa de María también tiene aspecto de viaje de fin de semana. Han barrido las hojas del porche y las persianas hasta abajo.

Pues ya no conozco a nadie más en el barrio. No, no voy a llorar, no sirve de nada. El cielo se está despejando y flota ese olor estupendo de después de llover. Trato de escurrir un poco mi ropa en el porche. Sacudo mis trenzas empapadas y tiro los lazos a una maceta vacía.

Ya está. Sé llegar a la estación. Creo que tengo suficiente dinero para un billete a donde vive mi padre. No he estado nunca en ese pueblo, pero lo encontraré.








Basado en:
DINO BUZZATI (1906/1972): La niña olvidada. En Relatos, trad. Javier Setó. Madrid, Alianza Editorial, 1996


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