miércoles, 29 de mayo de 2013

MAYÚSCULAS EN EL CRISTAL

ventanas photo





El día que la dejaron interna en aquél colegio en medio de la nada, Claudia intuyó que ahí finalizaba su adolescencia. Y no como ella hubiese querido. Comprendió también que tendría que encontrar algo positivo en aquél brusco baño de realidad.

Cuando ya habían llegado todas las futuras internas, aún sin uniforme, Claudia observó que dos o tres llevaban medias, tacones discretos, melena corta. Como yo, menos mal. Miró a su alrededor: las mayores, las de diecisiete años, sólo eran seis. Seis mayores, siete con ella, en un total de unas ciento cincuenta alumnas, auguraba la posibilidad de formar un pequeño grupo influyente. Ojalá se llevaran todas bien. Se concentró en ellas y desechó a todas las demás, de diferentes edades.

Pero a ninguna le puso sor Carmen la cabeza bajo el grifo para alisarle el cardado del pelo a tirones, como a ella. El espectáculo, por otra parte, le granjeó alguna simpatía adobada de lástima. Colocaron a las siete mayores juntas en el ala derecha del piso de dormitorios, separadas por cortinas. Enfrente dormían las pequeñajas, y así, según las monjas, las mayores podrían cuidar de ellas. Y lo hicieron, pues rara era la noche en que alguna, o varias, de aquellas pobres crías no lloraban desconsoladas llamando a su madre. Sobre todo al principio. A Claudia se le rompía el corazón, recordando a sus hasta entonces olvidados hermanos pequeños. No entendía a los padres que dejaban a niñas tan niñas encerradas en un colegio.

El encierro era una noción desconocida para ella hasta entonces. Pasaba largos ratos mirando por la ventana y pronto obtuvo los sambenitos de ensimismada, despistada, soñadora. O perezosa, lo peor que se podía ser en aquél colegio. Siempre había alguien preguntando ¿qué hace usted? ¿qué está usted haciendo ahora? Claudia aprendió otra técnica nueva, la simulación. El hacer que haces. El fingir. Y a partir de entonces se le dio muy bien. También aprendió a diferenciar las horas y los días por sus obligaciones. A la familia se le escribía los sábados después del desayuno, a las amigas u otra gente sólo los primeros viernes de cada mes. Los martes y los domingos tocaba "baño". Aquellas duchas con camisón y con la puerta abierta, para que sor Emilia, que se paseaba por fuera, viese que lo tenías puesto mientras te enjabonabas. Qué arte tenía Pilar, la mayor de todas (diecisiete y medio), para entornar la puerta de la ducha del fondo, y ducharse desnuda antes de que llegara la monja.

Las clases le resultaron más o menos agradables, sobre todo el francés que, por suerte para Claudia, era de lo más importante en el colegio. Y la literatura, claro, pero no aprendió nada nuevo. Recién comenzado el curso, con gran alborozo de las mayores, llegaron dos señoritas, Teresa y María, rubia y morena, para impartir matemáticas y lengua. Dieron un toque urbano y colorido al internado. Los fines de semana ambas salían un rato al pueblo, y Claudia y sus amigas les hacían encargos, incluso les daban monedas para que llamasen a sus familias.

A mediados de curso, Claudia parecía casi integrada. Pero sufría. No entendía la férrea disciplina, ni los largos y agotadores paseos al monte. Tener que jugar a voleibol en silencio absoluto. Lo tontas que le parecían las de doce y trece años. La pena que le seguían dando las pequeñas. Sobre todo no entendía que lo que había hecho ella el pasado año fuera merecedor del enorme castigo de traerla a este encierro. Para ella, entre la falta cometida y el castigo recibido no existía proporción alguna. Y comenzó a crecer en su interior una furiosa rebeldía.

Le fastidiaba la misa diaria y fingía desmayos para que la llevaran a la enfermería, donde una vieja y cariñosa sor le daba agua del Carmen en terrones de azúcar y, sobre todo, mucha conversación. Nadie puso en duda nunca sus desmayos, lo que le dio muchos ánimos para su anhelada y futura profesión de actriz. Si lograba convencer a su padre.

Cuando amainó aquél frío cortante, dejaron de amanecer las gotas de los grifos convertidas en estalactitas de hielo. Claudia había adquirido la costumbre de escaparse al dormitorio de Pilar, nada más oír los ronquidos de la monja que dormía al fondo. Pilar, por su estatus de alumna de más edad, tenía la suerte de dormir en una habitación para ella sola. Era muy maja y la dejaba estar allí, parapetada en la ventana. Además le había contado lo de los mozos del pueblo, que acudían por las noches con una guitarra. Las demás monjas dormían al otro lado del edificio, y no se llegaron a enterar de aquellas pequeñas serenatas nocturnas. Claudia aprendió enseguida a hablar con los chicos dibujando letras mayúsculas en el cristal. Más tarde se enviaban papelitos a través, una vez más, de las señoritas María y Teresa en sus salidas vespertinas.

Comenzó a expandirse el rumor que Claudia era la novia de Pepe, el de la guitarra. De hecho, ya ninguno de los otros chicos se dirigía a ella. Si ella les decía algo, primero miraban a Pepe, que la mayor parte de las veces los fulminaba con la mirada y contestaba él mismo.

A Claudia ya casi le molestaba que viniera la familia el día de visita, y siempre les convencía para que se fueran temprano. O para que no salieran a otro pueblo a comer y se quedarán allí, en la fonda. La fonda del pueblo era de los padres de Pepe, que desde la caja registradora miraba al infinito, colorado hasta las cejas.

Avanzada la primavera, en uno de los días de visita, Claudia percibió a su padre más calmado, de nuevo en su faceta bondadosa y comprensiva. Como ese aspecto del carácter paterno ella lo manejaba bien, ideó un plan. Se quejó varias veces de dolor de muelas en el refectorio, y en la siguiente visita le explicó a su padre que otra vez tenía caries. Que por favor pidiera hora al dentista. El martes la madre Salazar le dijo que, según había comunicado su padre, debía ir a Zaragoza en el tren del jueves, porque al día siguiente tenía cita con el dentista; menos mal que se aliviarían sus dolores. Pero la monja estaba preocupada porque ese día, jueves, no la podría acompañar nadie del colegio, todos viajaban en viernes. Claudia, con su mejor mirada de buena, la convenció de que no pasaba nada, que ella había viajado sola muchísimas veces. Que se pondría al lado del policía que hay en los trenes, y que en la Estación del Portillo habría alguien de la familia para recogerla.

Esa noche en la ventana las mayúsculas volaban más que nunca entre Claudia y Pepe, intercaladas con los números del horario de trenes. Claudia, en los días restantes, tuvo un comportamiento perfecto. En voleibol consiguió estar muda por completo. Y el jueves por la tarde, acompañada por la señorita María, que tenía que dejarla en el tren, Claudia atravesó el portón del colegio, con un maletín y un neceser en los que nadie reparó, y el estómago repleto de pájaros.

Al llegar a la estación simuló no darse cuenta de que, sentado en el banco bajo el reloj, estaba Pepe, con chaqueta y una corbata estrepitosa que parecía apretarle un poco. Ni se miraron en los veinte minutos de espera. Claudia preguntaba a la profesora sobre lo que había que estudiar de lengua para el examen, y estaba de lo más amable con ella. Subió al tren, con la tarjeta de la madre superiora para el policía en la mano y un alegre “Hasta el lunes, seño, gracias”.

Nunca se volvió a saber de ella. Ni en el colegio, ni en su casa, ni en ningún otro sitio. La pobre señorita María juró y perjuró que la había dejado sentada en el vagón, saludando a través del cristal de la ventanilla. Lo curioso es que el policía asignado al tren, varias veces interrogado, no recordó nunca haber visto en ese viaje a Zaragoza una jovencita de uniforme, y mucho menos que viajara sola: “Como comprenderá usted, me hubiera saltado a la vista”.




************************************************

No hay comentarios:

Publicar un comentario