domingo, 20 de septiembre de 2020

MI MADRE Y YO EN EL PARQUE LABORDETA


 


Me has visto, mamá, ¿verdad? Sola, sin muletas, nada en las manos, deportivas de confianza con la plantilla ortopédica. He dejado en casa una nota: "me voy a caminar, besos". Al llegar a la puerta de la calle me mareaba un poco (ayer tuve mi día sólo fruta), y en el Boticario he pedido un descafeinado con tres churros. Me han traído cuatro. Por un día, la dieta... además los quemaré enseguida.

Habrás visto  también que, sin descansar, he llegado al Parque Grande, nuestro parque amigo, testigo de nuestras vidas, y que he tenido que buscar la Rosaleda (sí, mi cabeza ya no es la misma) y, al final ¡la he encontrado! Sólo quedaban tres o cuatro rosas, eso sí, rojas; pero yo, en las mesas, os veía a ti con papá y Elena. Quería haceos una foto, pero me he puesto tan nerviosa que he bloqueado el móvil. Menos mal que mi hija ejerce de ángel de la guarda y, viendo el panorama, grabó en su móvil mi PIN de seguridad;  al llegar a casa he recuperado el mío, pero sin foto de la familia en el Parque. Hubierais salido sin mascarillas. Se me ocurre que la mascarilla de ahora debe ser muy parecida a la que llevabas tú cuando fuiste enfermera en la guerra. Tragedias paralelas: la terrible guerra, previsible y anunciada: la pandemia, terrible sorpresa para el Mundo. Bueno, dejémoslo.

Ya sabes que Teresa y yo salimos martes y viernes a caminar, y muchos de ellos vamos al Parque, pero nos solemos quedar en el bar de la entrada, entre los árboles, tomando un vinito y unas aceitunas. Qué bendición que Teresa viva en Zaragoza, ¿verdad? Yo estoy como una mesa que cojeaba, con una pata nueva.

Con Teresa caminamos menos porque yo me canso mucho y tengo que hacer paradas. Ella me complace en todo con su empatía y generosidad. Cómo me hubiese encantado que pudieras conocer más a los tres pequeños. Hubieras sido súper feliz con esas tres magníficas personas. Aunque también sé que los ves y sonríes.

Hoy por fin he comprendido por qué camino mejor sola, con el miedo que me daba. Porque voy en silencio. Las hermanas vamos charlando en todo momento, que es lo que más nos gusta y enriquece a ambas. Pero yo pierdo el aliento, no en balde soy diez años mayor. No pasa nada: Tere y yo tenemos dos días a la semana para estar juntas y charlar de lo divino y humano; y a mí  me quedan tres días para caminar sola y callada. Porque sábado y domingo, según tú decías, se descansa. Qué contenta estoy, madre. Aunque lo sabes, quería decírtelo.



viernes, 24 de julio de 2020

HERMANAS

 

Muchas veces la gente me ha preguntado si me gustaría conocer a su hermana. Ni hablar, pienso. Pero como no se puede contestar eso, salgo del apuro como puedo: “claro, bueno, verás… ahora estoy con los exámenes --cuidando a mi sobrino, tengo que ir a ver a mi madre, me voy de viaje--… pero ya surgirá el momento”. Y procuro que no surja porque odio a las hermanas. Nunca son como te las imaginas. Aparecen a tu lado de improviso y está mandado que las tienes que querer hasta la muerte. Aunque seáis como la noche y el día.

Eso éramos mi hermana y yo. Ella, perfecta para todo el mundo, yo “rara y difícil”. De pequeñas, mis juguetes siempre en los altillos del armario, ella jugando con los suyos con cara de suficiencia. Trataba de ser igual que mi madre por todos los medios, y a mi madre le encantaba. Siempre la ponía de ejemplo ante las visitas.

Como dormíamos juntas, nos hemos pegado muchas veces, con rabia y sin arrepentimiento. Y la situación empeoró cuando fuimos creciendo. Ella empezó pronto a salir con chicos, yo tardé más porque era la fea de la familia, o eso me habían dicho. Pero me casé a los veinte con un chico de su pandilla, embarazada. Ese matrimonio pronto fue un desastre y nos separamos con tres niños. Mi hermana, sin preguntar ni avisar, se presentaba en mi casa con bolsas del supermercado, me daba dinero sin habérselo pedido, pagaba mis facturas sin avisarme. Me humillaba. Me humillaba. Cuando conseguí trabajo, tuvimos una bronca monumental, le dije que se abstuviera de jugar al hada madrina. Estuvimos distanciadas mucho tiempo. Como la vida es ancha y ajena, ella tuvo un cáncer muy duro. Quería morirse en casa y yo la saqué del hospital, la llevé a su casa y la cuidé hasta que murió entre mis brazos.

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Fruta de temporada, ejercicio 3.2   Taller impartido por Kike Parra y Bárbara.    

lunes, 20 de julio de 2020

EN AGOSTO POR LOS MONEGROS



No me gusta conducir en verano, me perturban todos esos insectos que se estrellan contra el parabrisas y mueren en el acto. Incluso dejan gotitas de sangre. No veo bien, el sol me da de frente. Paro y cojo un kleenex para limpiar el cristal. Al salir del coche me asfixia una oleada ardiente. ¿Qué demonios hago conduciendo sola por Los Monegros a más de 40º? La culpa, mi madre, que me convenció para ir al funeral de la tía Purificación (nadie quería ir y yo soy tonta; si casi no la recuerdo, no la he visto en años). Restriego el pañuelo contra el cristal, pero es peor: queda casi opaco. Y no llevo agua ni nada. Me meto al coche y busco el móvil: dos líneas de batería. ¿Y a dónde, a quién ibas a llamar? A punto de empezar a gritar, milagro: alguien se acerca por detrás. Salgo y agito los brazos como una posesa. Es la camioneta más vieja del mundo, que conduce uno de esos campesinos cuarteados con barba larguísima. Frena a mi lado y no baja la ventanilla porque no hay ventanillas: –Hola moza, a que vas al funeral de Purificación. Pues sígueme– Se calla y arranca. Algo extrañada, le sigo. Tras unos minutos que parecen horas, se divisa un pueblito desierto. A las afueras, una casona con gran puerta de madera negra. La camioneta para ante ella, y el hombre me indica con la barbilla que entre. Me acerco despacio; la puerta está entornada, adivino que dentro está oscuro. Cuando voy a echar a correr, surge ante mí la tía Purificación de joven, la cara muy pálida. Me agarra muy fuerte de la mano y musita:

--Puri, cuanto tiempo, por fin has venido…

Sin poder soltarme, miro hacia atrás por si alguien me ayuda. No hay nada. La vieja camioneta y mi coche han desaparecido.

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  Fruta de temporada. Ejercicio 3.1   (Taller impartido por Kike Parra y Bárbara


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