domingo, 18 de octubre de 2020

EL MIEDO Y YO



El miedo no me gusta nada y lo combato con todas mis fuerzas. Pero  ha estado siempre presente en mi vida. Él aparece, y yo me resisto, unas veces con más éxito que otras. Siempre consigo que acabe en una sensación olvidable.


La primera vez que conocí el miedo, a mis once años, fue aquella noche naranja en que soñé que mi madre se moría. Me desperté aterrorizada, y ella me consoló. Pero a la noche siguiente se murió.


La segunda, tres o cuatro años más tarde, fue cuando me ahogué en el helado lago del balneario de Panticosa. Al notar que me hundía, cerré los ojos y con las manos me tapé los oídos y la boca. Toda mi corta vida pasó como una película en mi cabeza. Y sí, ví por primera vez el túnel blanco impactante y silencioso como el desierto, con una lejana mano extendida hacia mí. Lo único que quise fue llegar a asir aquella mano. Pero en ese momento me “salvó” un montón de gente que se había lanzado al agua.


Hasta los diecisiete años, yo, cuando miraba a la gente veía tres figuras: la de ese momento, el niño que había sido y el anciano que sería. Uno a cada lado. En el autobús, en la calle, siempre. No lo comenté nunca porque estaba convencida de que, si me pasaba a mí, le pasaba a todo el mundo. Alguna vez, alguien no tenía al anciano, y yo simplemente pensaba “no tiene futuro”. Eran personas desconocidas para mí.

Mi primer novio (aún secreto) era bastante mayor que yo, guapo, simpático y cariñoso. Un día en que habíamos quedado, me llamó dos horas antes porque le había surgido un viaje de trabajo, y me dijo que bajara a nuestro bar para poder despedirnos. Llegué pronto y cuando ví entrar a Fernando, su anciano no estaba. Un duro calambre me sacudió por dentro, pero no le dije nada, no era el momento. Lo ví alejarse en su coche por la carretera de Madrid. Y esa fue la última vez que lo vi. Me llamó alguien de la pandilla a media noche para comunicarme el accidente. Puse todo mi empeño y mi fuerza en arrancar de mí esa visión de “tres personas”. Fue duro, pero lo conseguí.


Y aquél otro instante en el que, a las doce de la noche en un 600 con dos amigos que me llevaban a casa, vi que habían cambiado de dirección y estábamos entrando al frondoso parque grande. No hace falta comentar más, esa noche de terror cambió mi vida. Pero he conseguido integrarlo, incluso hablar de ello.


El miedo me ha atacado muchas veces más. El terror, el pánico. Me dejo llevar un instante (a veces son horas) y me concentro en que salga de mí, en que desaparezca. Hay que luchar contra él lo más pronto posible. Si dejas que se apodere de tí, nunca serás la misma persona, ni podrás manejar (un poco, de acuerdo) tu vida.


Todas mis casas han tenido fantasmas. Una señora mayor, un hombre alto, una chica joven… Veo sus sombras de colores deslizarse por el pasillo y pararse un momento ante la puerta de la habitación en la que estoy. Los percibo, alzo la mirada y sonrío. Nos apreciamos mutuamente. Sólo se difuminan cuando viene alguien desconocido.



sábado, 3 de octubre de 2020

REFLEXIÓN ANTE TODO ESTO


Estoy harta de que se me salten las lágrimas mirando a mis nietos, porque pienso en qué mundo les tocará vivir con todo lo que está pasando y estamos haciendo...
Estoy harta de no entender nada, y de no estar de acuerdo con casi nada de lo que ocurre a mi alrededor.
Hoy me he descubierto feliz y relajada fregando la cocina, y he vuelto a pensar en las cosas sencillas, en la atención plena. Así que no debo ser una feminista al uso, yo que siempre había creído serlo. No debo estar evolucionando al ritmo que la sociedad actual exige. Qué le vamos a hacer.
Por fortuna no me han quitado mi pasión por la literatura. La semana que viene comienzo otro curso con Kike Parra y Bárbara Blasco.
Tengo una familia maravillosa, un montón de amigos y, a pesar de todo, muchas ganas de disfrutar.
Mi afición a las redes sociales está flaqueando un poco, aunque creo que hay que seguir estando, pero de otro modo.
Urge volver a nuestra vida, la nuestra de verdad.

AGUJERO NEGRO

 

Ayer empezó a deformarse la cara de Henry. Yo no me he visto aún. No sé si se habrá dado cuenta, pero casi no se le entiende. Le diré a Tom que, cuando conectemos con la base, hable él en lugar de Henry. Duermo muy mal, duermo muy mal... Y George con esos movimientos espasmódicos de los brazos no va a poder usar el cuadro de mandos. Eso, cuando no le da por vomitar. De los cuatro, solo dos estamos normales, Tom y yo. De momento. Menos mal que por ahora no hay gran cosa que hacer. Esperemos que para el alunizaje hayan desaparecido las "patologías asociadas". Sólo quedan tres días... Yo lo que no tolero es la parafernalia "Human Program". Me estomagan los videos con el psicólogo, nunca sé qué decirle. Y lo de conectar con redes sociales, valiente tontería. Ya sabíamos a lo que veníamos, yo por lo menos. A no hablar con nadie, una maravilla. ¿Qué culpa tengo yo si soy callado? A ir a tu bola, en un lugar completamente nuevo. Un cambio total. Tampoco me gustó que fuéramos cuatro, hubiera preferido mil veces un solo tripulante, dos como mucho. Que me seleccionarían, lo tenía clarísimo. Llevo toda la vida preparándome para esto, sí, toda la vida. Mis condiciones físicas y mentales son excelentes, a la vista está. Ahora que miro a Tom, lo veo como más triste, más cabizbajo. ¿No tendrá el efecto asociado de la depre? Se pasa ratos y ratos con las videoconferencias familiares, otra majadería. Tanto "papá" "cariño" "te espero" y tanta mierda. Menos mal que yo no tengo familia. La familia te debilita, no te refuerza. ¿Pues no querían ponerme fotos de mi perro? Mi perro está bien donde está y él lo sabe. Si vuelvo, ya lo iré a buscar. Si vuelvo... En la revisión de las tres de la madrugada el sensor 17 estaba borroso. No lo he comentado ni lo he reflejado en el parte. En el manual no aparece como avería importante. Sólo si después de 120 minutos se asocian los sensores 19 y 23. La siguiente revisión le toca a George, se la voy a cambiar con el pretexto de que descanse. Me apuntaré a las dos revisiones nocturnas. Si a las 8 de la mañana hay tres sensores borrosos, ya será cuestión de actuar. Y actuar, ¿cómo? George ha vuelto a vomitar. Henry parece que va a estallar, no creo que pueda abrir los ojos. Tom tiene un sueño agitado que no me gusta nada. El manual dice que uno de los efectos es quedarse sin propulsión. Parados, suspendidos en el espacio. Hasta que a los de allá abajo se les ocurra la manera de rescatarnos, claro.
Pero no pasa nada,chico, no pasa nada. Aprovecha cuando estén los tres dormidos, y pinchas sus tubos un par de veces. Y cuando los sensores fallen, te mecerás suavemente, tú solo, la música a todo volumen, aguardando el próximo agujero negro... el próximo agujero negro.

(29 septiembre 2016)


Facebook me recuerda este relato de 2016, que yo había traspapelado, y que me gusta bastante.